¿Bailamo’, mamita?

10 07 2009

I.
No hay nada más difícil que, siendo un joven muy poco pintón y carente de toda labia, sacar a una mujer a bailar.
Había diferentes grupos de gente cuando yo iba a bailar. Por ejemplo, aquellos que llegaban al baile antes de las 2 am para no pagar entrada; –Nos gastamos todo en chupa adentro -decían.
El “todo” no era más que unos pocos billetes que, aportados por todos, se transformaban en un porrón de cerveza o dos tragos largos y hasta ahí nomás.

Yendo temprano, uno sabía dónde estaba parado. Era como los jugadores de fútbol que salen a tantear el terreno de juego. Encuentran los “pozos” o donde el pasto está más largo que en otras partes o carentes de tal.
El boliche tenía aún las luces de la barra encendida con lo que se podía ver claramente quiénes se encontraban dentro, como para no llevarse sorpresas luego.
No había nada peor que sacar a bailar a una linda, alta y rubia para que al preguntarle el nombre nos responda con voz agrietada por wisky y faso un –Roberto. Pero hoy, llamame Charlotte.

La posta de entrar temprano era tomar un lugar estratégico en la barra. Lee el resto de esta entrada »

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Una de Asaltos

4 11 2008

-Los chicos llevan la comida, las chicas las gaseosas -gritaba eufórica Rebecca al sonar el timbre para salir del colegio a la casa.
Los asaltos. Aquellas fiestas sanas de nuestros años adolescentes. Todas, pero todas las fiestas, eran una copia exacta de la anterior, pero con diferentes actores. Casi casi como Cats.

La previa era una mezcla de nerviosismo y frenesí, en donde nuestra hermana nos ayudaba con la camisa que nos íbamos a poner, al mismo tiempo que nuestro hermano nos decía que llevar “puflitos” era la posta y nuestra madre se mojaba un dedo con saliva y nos acomodaba las cejas y el flequillo.
Los más pintones, en cambio, se llamaban entre ellos y se preguntaban qué ponerse, para luego verlos vestidos iguales, cual gemelos, con camisita a cuadros, pantalón de jeans y zapatos náuticos sin medias.

Al llegar, los papis de Rebecca abrazados nos recibían. Nos encontrábamos con un patio oscuro, con pequeñas luces a los costados, el equipo de música bastante fuerte con Roxette sonando de bienvenida. A los costados, una mesa larga con la bebida que habían traído las chicas, y platitos para poner los puflitos, los palitos salados, las papitas.
Supuestamente, los papás no iban a molestarnos porque se iban a dormir, pero una que otra vez se los podía ver asomar un ojo para ver si nos comportábamos.

Yo tenía la maldita costumbre de llegar temprano, cuando no había nadie. Sólo la anfitriona y sus mejores amigas. Entonces ya podía sentir las desvastadoras críticas a la vestimenta, o a mi peinado “lamida de vaca”, hecho por mi madre. Lee el resto de esta entrada »





Historia de un Hombre Necesitado

1 09 2007

Rubia. Sencilla. Escultural. Rizos bellos. Ojos color miel con una mirada profunda. Pareciera tener 18 o 20 años. Esa era Fabiola. En frente, yo. Joven de 20 años. Necesitado, como toda persona a esa edad de una mujer, bailando con ella.

-“Cómo te llamabas?” -le grité al oído.

-“No te dije” -me escupió en la oreja.

-“…”

Esa fue mi charla en un boliche de poca monta en Lanús Este, o este, no recuerdo bien. El lugar se llamaba “La pachanga de Osvaldo” de $2 la entrada con una consumisión que consta de agua sucia y alcohol etílico 96º. Es que el hombre cuando está necesitado va a cada lugar.

La había invitado a bailar en la barra donde ella descansaba. Cada paso de baile que ella ejecutaba era un 5.6 en la escala de Richter. Y cuando yo la hacía girar para continuar bailando, sentía que una fuerza me atraía a ella. Y no, no era amor, era que me hacía orbitar. Sus rizos no era otra cosa que un nido de ruleros, y, viéndola mejor, no era rubia, tenía un color óxido de raíces negras azabache. Sus ojos, estaban colorados producto del alcohol. Es que el hombre cuando está necesitado baila con cada cosa.

Y es que a los 20 años uno no repara en daños con las muejeres que está. Cada hora que pasaba con ella, era una hora menos de felicidad, así que apuré los trámites:

-“Cuántos años tenés?”

-“44” -me dijo.

-“Ahh, yo 20” -le dije mientras me agarraba mi pié recién pisado por sus 102,26 kg. y notaba que la cerveza me había engañado.

-“Como mi nene mas chico” -me reviró.

Aún así seguí bailando. Lee el resto de esta entrada »